El viejo Elías mira. Estira su mirada como una mano sobre la superficie del mar. Yo le observo desde lejos y pienso obsesivamente quién es ese señor que ha estado a mi lado desde que vine al mundo. Algunos comentan que Elías fue viejo desde que nació. Sus ojos transmitían una experiencia impropia de la edad que tenía. ¿Cuántos años tendrá ahora el viejo? Ochenta, noventa, cien… El tiempo es diferente para él. Puede pasar horas sentado. Fumando y observando. Dando profundas y lentas caladas a su pipa, con los ojos inmóviles sobre un punto perdido del horizonte, un agujero negro que le trasporta a un tiempo y un espacio que sólo él conoce.
Yo no creo que el viejo haya sido viejo siempre. Es más, no creo que ahora mismo lo sea. Hablando con él me trasmite sabiduría, comprensión, paz, experiencia, tranquilidad… ¿Vejez? Jamás pensé en Elías como un viejo.
Al fin y al cabo, nos definimos por lo que transmitimos.