lunes, 28 de mayo de 2007

El petate

Cuando prepares el petate hay ciertas cosas que no debes olvidar, me decía el viejo Elías sentado sobre el suelo seco por el sol del mediodía. Si alguna vez dejas de tener contigo una de ellas, ya no estarás viajando, Sorbas; harás turismo, o te desplazarás de un lado a otro, o acumularás kilómetros y nombres..., pero no serás un viajero.

Humildad para saberte uno más allá donde estés. Somos una gota de la marea. Nunca compares las cosas que veas, las creencias, las opiniones, los valores… Entre culturas no se compara, se analiza.

Ten curiosidad, nunca te quedes en la superficie. Las culturas, los seres humanos, los edificios, los mares… todo tiene fondo y forma. La forma la descubrimos con los sentidos. Son tactos, fechas, sonidos, colores… Al fondo se accede por el corazón. Hablamos de sentimientos, miedos, sueños… Sin fondo, la forma es como un arco iris: bello pero sin consistencia.

Calma. Todo llega y todo pasa. Nada es eterno. La mayor felicidad dura un segundo, y se hace esperar años. El sufrimiento nunca se espera, y se extiende durante semanas. La paz interior da la autentica perspectiva. El resto está deformado por el cristal de la impaciencia.

No olvides nunca Sorbas, que el hombre viaja por el mundo para recopilar aquello que necesita y volver luego a casa para encontrarlo.

martes, 22 de mayo de 2007

Se hizo la luz

Carlos Martín Pérez murió un cuatro de febrero. Lo recuerdo como si fuera ayer. Sencillamente, su alegría cogió la puerta y pegó portazo. Murió triste el hombre más feliz que recuerdo. El que siempre dormía de día y se dedicaba a caminar y tocar su guitarra majestuosa todas las noches del año.

Carlos Martín terminó sus días encerrado en la casa de donde hacía semanas que no salía. Algún tiempo atrás habían iluminado por primera vez las calles del pueblo. La luz de las farolas alumbraba el pueblo de noche, que parecía renacido. Las actividades del día podían extenderse artificialmente hasta bien entrada la noche, y el pueblo tenía una vida nocturna como nunca antes había conocido. Las muchachas paseaban por las calles iluminadas, los muchachos seguíamos jugando a la pelota frente al puerto, los viejos fumaban sentados en los portales…

La misma luz de las farolas que nos permitía salir de casa sin miedo a la oscuridad iluminaba también los harapos de Carlos Martín Pérez, el hombre más feliz y más pobre del pueblo. La luz mostraba su camisa hecha andrajos, y sus pantalones gastados y sucios. Dejaba ver su sonrisa desdentada y su barba roñosa y mal cortada. Su cuerpo de hambre.
La luz derribó el último escondrijo que le quedaba a Carlos Martín Pérez, echó abajo su noche de trinchera. Nunca más volvió a salir a la calle por miedo a pasear sus miserias. Carlos Martín Pérez murió de vergüenza, mientras el resto nos felicitábamos de las bondades del progreso.

Y el viejo Elías me mandó a la cama buscando esconderse de nuevo en sus recuerdos. Un rato después oí desde la cama como una piedra rompía la farola de la calle. Y me dormí pensando que tal vez Carlos Martín Pérez volvía a salir a la calle con su guitarra.

lunes, 21 de mayo de 2007

Renacimiento

- Eres libre, Sorbas. No tienes madre ni padre. Aún eres un niño. Las hojas de tu destino están aún por escribir. ¿Qué es lo que quieres hacer?

El viejo Elías se escondía tras el humo de su pipa y a través de sus palabras pude sentirme lo más cerca posible de un padre.

- Quiero ver mundo. Salir de este pueblo y confundirme en el anonimato de otros países. Quiero que me miren como un extranjero. Sentir la libertad de ser Sorbas, sin apellidos; sin este pasado que me marca como el hijo de dos muertos. Quiero lavarme el rencor. Ser yo, sin tener que explicar por qué lo soy.

El viejo pierde su vista en mí, observándome con un respeto nuevo que nunca había visto en sus ojos.

- Hoy es el primer día de tu nueva vida. Un nuevo ideal, una nueva vida. Todos podemos renacer cada día. Te ayudaré a prepararte. Viajar es algo más que moverse por el mundo.

Y mi corazón comenzó a latir apresuradamente.

jueves, 17 de mayo de 2007

Bendije ¡

Maldije a la tormenta que te asustaba,
Maldije a la lluvia que te mojaba,
Maldije al viento que te despeinaba.
Maldije!

Hoy golpeaste a mi puerta y bendije a la tormenta que te trajo,
y bendije a la lluvia cuando te quitaste la ropa mojada,
y bendije al viento... que apagó la lámpara.
Bendije!

La lluvia

Suena una campana a lo lejos. Llueve y el cielo está pesado y oscuro, apelmazado por miles de nubes que se apretujan y entrechocan. Descalzos, los pies hacen un ruido divertido, como de ventosa, al hundirse entre el fango y los charcos del camino. Llevo la cabeza gacha y los hombros encogidos, como si de esa guisa fuera a protegerme del agua que me chorrea por el pelo. No me apresuro porque sé que hay un momento en el que el cuerpo ya no puede mojarse más. Me lo dijo mi padre una tarde que nos bañábamos en el río. Es por eso que cuando nadamos no nos llenamos de agua.

Levanto la cabeza para que la lluvia golpee mi cara. Apenas se puede ver entre los millones de gotas que sobrevuelan en ese momento a mi alrededor. Una gran cortina húmeda me envuelve, y más allá, rodeado de otra cortina, atisbo con dificultad un cuerpo en cuclillas. Me acerco chapoteando, aunque el ruido se apaga bajo la fuerza de la lluvia que cada vez es más fuerte. Los árboles gotean desaforados, y bajo algunas copas empiezan a formarse pequeñas cascadas. El mundo vegetal sonríe y comienza a mudarse. Se despereza y desentumece. Revive.

Horacio Melponte está igual de calado que yo, con la diferencia de que no él no lleva camisa y está hecho un ovillo sentado sobre un charco húmedo. Baja al pueblo los meses de verano, y el resto del año lo pasaba perdido en la espesura tropical. Algunos dicen que está loco, y otros que simplemente odia a las personas, aunque el viejo Elías siempre me recuerda que la vida tiene mucho parecido a nuestra selva. Hay varios caminos marcados que las personas recorren sin dificultades ni riesgos; luego están los senderos no marcados. Aquellos en los que las ramas se cruzan vírgenes, las raíces no respetan el terreno, los animales no se ocultan… Nadie sabe a ciencia cierta dónde van a parar esos senderos. Los que los recorren son locos, aunque cientos de años después muchos arrastraran sus pies por el terreno casi asfaltado que cientos de locos recorrieron primero.

- ¿Qué haces aquí, Horacio?, grito tratando de acallar la lluvia.

Melponte levanta la cabeza con tranquilidad y sin desdibujar su sonrisa me responde.

- La lluvia siempre se detiene. Sólo espero feliz a que lo haga.

Y le dejo esperando tranquilamente, como un marido impaciente ante el arcén en el que arribará su esposa.

martes, 8 de mayo de 2007

La primera excusa y la última lágrima

Le llamábamos Pingajo, y él me ayudó a dar a luz la primera sonrisa de mi nueva vida. Su nombre era Diego Marcos Bandaja, y lo de su apodo venía de su insistente costumbre de ir desnudo por las calles del pueblo enseñado sin ningún rubor los atributos que el señor le dejó en arriendo. Apenas levantaba seis palmos del suelo, con las piernas y los brazos delgados como juncos, la piel morena y con una gran sonrisa colgada siempre de la cara. Miraba con dejadez, como si fuera un trámite absurdo que le restara tiempo para pasar a la acción. Las señoras del pueblo decían que sería buen mozo, a lo que el Pingajo respondía con su tic habitual de tocarse los huevos y pegar un estirón a su pingajo, que bien gracias a esta costumbre o la genética paterna, estaba tomando unas dimensiones considerables para sus trece años de edad.

En el pueblo siempre habían tomado por una chiquillada el que Diego Marcos anduviera constantemente en cueros, aunque tras cumplir los diez años los padres consideraron que era momento de enmendar esa costumbre tan antisocial. Ni los coscorrones de su padre, ni las buenas palabras de su madre, ni los golpes de su tío Madeiro hicieron ninguna mella en la voluntad del Pingajo, que salía de casa amoratado, con su inseparable sonrisa y mesándose con celo sus genitales, a los que susurraba con cariño: “Tranquilos muchachos, que el señor me dijo que os luciera, y yo soy un hombre de palabra”, y con la misma mano que había confortado sus entretelas me pegaba una palmada en el hombro para que fuéramos a jugar al muelle.

Solíamos emplear el tiempo en hacer carreras de pata coja. Nos poníamos en un extremo del muelle y teníamos que recorrer una distancia más corta o más larga, dependiendo de las ganas que tuviéramos de medir nuestra velocidad o nuestra resistencia. Pingajo perdía siempre sin excepción todas las carreras en las dos modalidades, ante lo que jamás ponía una excusa. Aquella tarde, dos días después de que mi niñez se evaporara, el Pigajo y yo decidimos medir nuestras fuerzas en una distancia de dos cuadras. El calor caía a plomo siguiendo nuestra carrera a orillas del muelle. Aún antes de que el Pingajo cruzara la improvisada meta, yo ya sabía que mi hegemonía tenía en esa tarde su fin, y prácticamente me arrastré los últimos metros esperando la burla de Diego, que por fin tendría una recompensa a años de carreras perdidas.

Jadeante pisé la meta y miré directamente a Pingajo, que se mesaba sin disimulo los cojones.

- Enhorabuena Diego, tus años te ha costado- le dije guiñándole cómplice un ojo.

- He cagado hace diez minutos y me encontraba ligero- se justificó sonriendo mientras se estiraba felizmente el pingajo.

Aquella excusa dibujo una sonrisa en mi cara y me hizo entender que ya no cabían más piedras en mi mano. Llegaba el tiempo de dejar de llorar.

lunes, 7 de mayo de 2007

La verdad, el llanto y la venganza...

Algún día verás mundo, lo tienes escrito en la mirada­ -me decía el viejo Elías sentados frente al mar sobre unas maromas del puerto-. Antes de partir deberás aprender a preparar bien un petate y a encontrar la verdad en la mirada de la gente. Nunca la busques en una palabra, en un acto o en un gesto… La verdad está en una mirada. La vida te ha quitado a tu familia y te ha entregado un destino. No lo desaproveches buscando venganza, sino justicia. La venganza es exclusiva y concreta, la justicia es universal.
Ahora sigue llorando, botija, todo el mundo tiene derecho a llorar de vez en cuando.

- ¿Y cómo sabe uno cuándo debe parar?, le pregunté al viejo Elías con una congoja entrecortada que me hacía aspirar el salitre mezclado con el humo de su pipa.

- Coge una piedra pequeña por cada lágrima que vayas derramando. Cuando no te quepan más piedras en la mano es que va llegando el momento de dejar de llorar.

Y se marchó lentamente, arrastrando los pies y la experiencia.

sábado, 5 de mayo de 2007

Las balas también traen lecciones

Mi padre se desabrochó la camisa manchada de sangre. Tenía los pelos del pecho pegajosos, y varias heridas profundas que le cruzaban el vientre como garabatos de un niño en su cuaderno del colegio. Mama lloraba compulsivamente, y apenas podía llenar de agua caliente la palangana azul en la que los domingos me obligaba a meter la cabeza para lavarme el pelo.

Yo miraba la escena con los ojos bien abiertos, temeroso de parpadear y de que en esa fracción de tiempo mi padre desapareciera de mi vida como las gotas de sangre que se escurrían desde su camisa y se filtraban entre las tablas del suelo.

La puerta retumbó como un gran tambor. Al otro lado se oía la voz ronca y beoda del gordo Ferrer. Mi madre lloraba cada vez más intensamente y agarraba con fuerza a mi padre, que tenía la vista perdida y cerrada de furia. Con pasos cortos se arrimó al portón y antes de abrir la pesada hoja clavó una mirada en mí como lección de lo que eran la convicción y el honor.

Segundos más tarde se filtraba por la puerta un torrente de luz y una bala, que tumbó a mi padre y me robó la niñez.

Vacilante y rancio, el gordo Ferrer hizo una reverencia burlona a mi madre desde el quicio de la puerta y se acercó pacientemente donde yo estaba paralizado.

- ¿Sabes lo que suelo decir en casos como éste, pequeño Zorbas?
Que siempre es mejor ser huérfano que un hijo de puta.

Y otra bala silbó una danza de réquiem está vez por mi madre.

Tu padre te enseño la lección más fundamental, me diría días más tarde el viejo Elías para tratar de calmar mi congoja infantil. Lo más terrible se aprende en seguida y lo hermoso nos cuesta la vida.

jueves, 3 de mayo de 2007

Sabina Hurtado

Sabina Hurtado ocultaba sus manos al abrigo de los bolsillos de su vieja chaqueta. Durante más de 15 años había sido la única mujer que había cambiado amor por dinero en el valle, con lo que conocía los secretos de todos los hombres, y por extensión, de todas las mujeres del pueblo.

- ¿Cuando dejaste de vender tu amor, mamita?, le pregunto en un susurro, casi avergonzado de entrometerme de esa manera en los callejones de su vida.

- La fiesta de mi vida terminó cuando el gobierno hizo llegar el primer policía al pueblo. Horacio Gómez Ferrer, se hacia llamar, y como bienvenida me forzó sin pagar y amablemente me insinuó que si en una semana no había encontrado un trabajo decente me marcaría la cara de por vida. Por aquel entonces yo abrazaba a los hombres del pueblo con amor, conocía sus gustos, sus sonrisas y sus penas, sabía cuando necesitaban hablar y cuando vaciar su lujuria junto a mí… Salía a la calle radiante, a pasear mi felicidad por el valle y a jugar con aquellos niños que habían nacido de la felicidad ajena, que era casi la mía porque la conocía de primera mano.

- ¿Y cuando terminó la fiesta de tu vida, mamita?

- Dos días después de aquella visita del gordo Ferrer, Amancio el Duque me abrió la puerta de su finca para que comenzara a trabajar en sus campos. Desde entonces no he vuelto a tocar a un hombre.

Sabina hace un gesto incómodo con la cara y comienza a sacar las manos de la chaqueta. Manos de palmas callosas y endurecidas, manos casi animales, magulladas y heridas, manos inertes como aperos de labranza.

- Ves mis manos, botija, son las manos de una prostituta. Durante la fiesta de mi vida mis manos eran tersas y amables. Fue después, cuando comencé a prostituirme recogiendo trigo, cuando mis manos se volvieron duras como rocas que contienen un embalse de caricias. Óyeme bien, pequeño, trabaja en lo que te guste, porque el que trabaja en lo que no ama es un desocupado.

miércoles, 2 de mayo de 2007

La Dispuesta

El viejo Elías dio dos golpecitos sobre el banco de madera con la palma de mano. Una invitación para que tomara asiento a su lado. A esa escasa distancia podía ya oler su aroma. Olía a vida y a tierra, como los árboles.

¿Te he hablado alguna vez de la Dispuesta?, me dijo el viejo Elías con la mirada perdida en la oscuridad que nos envolvía. Antes de si quiera tratara de contestar, el viejo ya daba un largo chupetón a su pipa, señal de que las puertas de su memoria comenzaban a abrirse.

Se llama Amalia Valcarcel, pero todo el pueblo la llama la Dispuesta. Fue la chica más popular del valle y, en sentido literal, estaba siempre en boca de todos los hombres del pueblo. (El viejo dibuja una media sonrisa que remarca aún más las infinitas arrugas de su rostro.) Como ya te imaginarás la llamábamos la Dispuesta porque siempre estaba dispuesta a entregar su amor sin preguntas. Aún no habían llegado al valle las videocaseteras, las neveras, los bancos o los prejuicios…
Recuerdo una noche tirados entre matorrales. Amalia se abría debajo de mí y yo estaba perdido en el disfrute de su cuerpo experto y caliente. Recién terminado la miré a los ojos y la curiosidad me pudo. ¿Por qué mantienes siempre los ojos abiertos, Amalita?, le pregunté intrigado. Los mantengo cerrados con todos menos contigo. Eres el único que aún durante el sexo mantiene una cálida mirada de ser humano, me dijo la joven Amalia mientras se abotonaba la camisa.

El viejo Elías parece descomponerse y aparta con un gesto de la mano el humo de la pipa. Con el humo se marcha también ese recuerdo, y la conversación retorna en otro punto.

¿Te he contado alguna vez que Amalia fue la primera mujer del valle que murió de cáncer? (me suelta con los parpados caídos como los telones de una función recién terminada). Enfermó poco después de que abrieran el primer banco, y de que la señora Teresa comprara la única heladera del pueblo. El progreso es la venganza que los inteligentes se toman contra los felices (sentencia sin abrir los ojos.)

El viejo Elías cierra la conversación de un portazo, dando una larga calada a su pipa e impregnando el aire de recuerdos y de noche.

Maquillaje

La muchacha ocupaba el banco más lejano de la plaza. Las piernas cruzadas, una discreta minifalda dejaba ver unos muslos trabajados y atractivos. Bajo la ligera blusa se dibujaban unos pechos firmes, que abrían el camino hacia un cuello decorado apenas por un sencillo collar que destacaba aún más las facciones de la chica. “Bella, elegante y discreta, tal vez, un único pero…demasiado maquillada”, pensaría cualquier padre que llevara de la mano a su hijo hacia los columpios que cerraban el parque, antes del gran bloque de casas de la esquina.

El arlequín apareció puntual. Todas las tardes paseaba su sonrisa maquillada por entre los niños del parque. Nadie sabía quién era ni porqué lo hacía, pero tarde tras tarde trataba de amenizar los juegos de los pequeños entre el tobogán y el balancín, hinchando globos y dándoles formas entre el asombro de los chiquillos.

Camino de los columpios, el arlequín pasó delante de la joven. ¿Quién puede ser tan estúpido de pintarse la cara como un idiota y pasearse de esa guisa por la calle?, pensaba indignada la muchacha.

El arlequín, trasformando su sonrisa en una mueca de pena, se preguntaba…

¿Quién puede ser tan desgraciada como para exagerar el maquillaje tratando de maldisimular unas lagrimas tan desoladoras…?

martes, 1 de mayo de 2007

Todos somos mordidos por algún perro

Cuentan que Aristóbulo Onarcis, de 27 años, fue mordido por un perro. Entre asustado y malhumorado cogió al chucho por la cola, y lo arrojó a la barca de Caronte a base de puntapiés y manotazos. Muerto el perro, Aristóbulo Onarcis se sintió vengado. Nadie muerde a un Onarcis y se marcha de rositas meneando la cola.

Cuentan que Diego Grillo, de 67 años, fue mordido por un perro. Entre sorprendido y eufórico cogió al chucho bajo el brazo y lo llevo cariñosamente a casa. Bien acomodado el perro, Diego Grillo se sintió feliz. Nadie besa de manera tan profunda a un Grillo y se queda viviendo en la calle, lejos de su amado.

Los hechos son folios vacíos. Los hombres dibujamos sus significados.

Vagabundo

Soy un vagabundo.
Unas veces duermo bajo el puente de la tristeza
en cartones de insomnio,
y otras lo hago sobre el colchón mullido de la felicidad.

Soy un vagabundo.
A menudo tengo un apetito atroz de saber,
y días después muero bajo el hambre de mi propia ignorancia.

Soy un vagabundo.
Cuando estoy solo quiero abandonar
el camino estúpido de la mendicidad.
Y cuando me rodean los rostros conocidos
sólo pienso en volver a vagabundear.

Soy un vagabundo.
A días huelo a tasca y palabrota,
mientras que otros me perfumo con olores de comedida urbanidad.

Soy un vagabundo.
He robado besos que no me correspondían,
y dejado de recibir otros por llevar una falsa barba de tres días.

Soy un vagabundo.
Una vez tuve dos monedas juntas,
las invertí en embriagarme con el vino de la verdad.

Desde entonces soy un contradictorio vagabundo de ojos tristes.