El viejo Elías mira. Estira su mirada como una mano sobre la superficie del mar. Yo le observo desde lejos y pienso obsesivamente quién es ese señor que ha estado a mi lado desde que vine al mundo. Algunos comentan que Elías fue viejo desde que nació. Sus ojos transmitían una experiencia impropia de la edad que tenía. ¿Cuántos años tendrá ahora el viejo? Ochenta, noventa, cien… El tiempo es diferente para él. Puede pasar horas sentado. Fumando y observando. Dando profundas y lentas caladas a su pipa, con los ojos inmóviles sobre un punto perdido del horizonte, un agujero negro que le trasporta a un tiempo y un espacio que sólo él conoce.
Yo no creo que el viejo haya sido viejo siempre. Es más, no creo que ahora mismo lo sea. Hablando con él me trasmite sabiduría, comprensión, paz, experiencia, tranquilidad… ¿Vejez? Jamás pensé en Elías como un viejo.
Al fin y al cabo, nos definimos por lo que transmitimos.
miércoles, 6 de junio de 2007
lunes, 28 de mayo de 2007
El petate
Cuando prepares el petate hay ciertas cosas que no debes olvidar, me decía el viejo Elías sentado sobre el suelo seco por el sol del mediodía. Si alguna vez dejas de tener contigo una de ellas, ya no estarás viajando, Sorbas; harás turismo, o te desplazarás de un lado a otro, o acumularás kilómetros y nombres..., pero no serás un viajero.
Humildad para saberte uno más allá donde estés. Somos una gota de la marea. Nunca compares las cosas que veas, las creencias, las opiniones, los valores… Entre culturas no se compara, se analiza.
Ten curiosidad, nunca te quedes en la superficie. Las culturas, los seres humanos, los edificios, los mares… todo tiene fondo y forma. La forma la descubrimos con los sentidos. Son tactos, fechas, sonidos, colores… Al fondo se accede por el corazón. Hablamos de sentimientos, miedos, sueños… Sin fondo, la forma es como un arco iris: bello pero sin consistencia.
Calma. Todo llega y todo pasa. Nada es eterno. La mayor felicidad dura un segundo, y se hace esperar años. El sufrimiento nunca se espera, y se extiende durante semanas. La paz interior da la autentica perspectiva. El resto está deformado por el cristal de la impaciencia.
No olvides nunca Sorbas, que el hombre viaja por el mundo para recopilar aquello que necesita y volver luego a casa para encontrarlo.
Humildad para saberte uno más allá donde estés. Somos una gota de la marea. Nunca compares las cosas que veas, las creencias, las opiniones, los valores… Entre culturas no se compara, se analiza.
Ten curiosidad, nunca te quedes en la superficie. Las culturas, los seres humanos, los edificios, los mares… todo tiene fondo y forma. La forma la descubrimos con los sentidos. Son tactos, fechas, sonidos, colores… Al fondo se accede por el corazón. Hablamos de sentimientos, miedos, sueños… Sin fondo, la forma es como un arco iris: bello pero sin consistencia.
Calma. Todo llega y todo pasa. Nada es eterno. La mayor felicidad dura un segundo, y se hace esperar años. El sufrimiento nunca se espera, y se extiende durante semanas. La paz interior da la autentica perspectiva. El resto está deformado por el cristal de la impaciencia.
No olvides nunca Sorbas, que el hombre viaja por el mundo para recopilar aquello que necesita y volver luego a casa para encontrarlo.
martes, 22 de mayo de 2007
Se hizo la luz
Carlos Martín Pérez murió un cuatro de febrero. Lo recuerdo como si fuera ayer. Sencillamente, su alegría cogió la puerta y pegó portazo. Murió triste el hombre más feliz que recuerdo. El que siempre dormía de día y se dedicaba a caminar y tocar su guitarra majestuosa todas las noches del año.
Carlos Martín terminó sus días encerrado en la casa de donde hacía semanas que no salía. Algún tiempo atrás habían iluminado por primera vez las calles del pueblo. La luz de las farolas alumbraba el pueblo de noche, que parecía renacido. Las actividades del día podían extenderse artificialmente hasta bien entrada la noche, y el pueblo tenía una vida nocturna como nunca antes había conocido. Las muchachas paseaban por las calles iluminadas, los muchachos seguíamos jugando a la pelota frente al puerto, los viejos fumaban sentados en los portales…
La misma luz de las farolas que nos permitía salir de casa sin miedo a la oscuridad iluminaba también los harapos de Carlos Martín Pérez, el hombre más feliz y más pobre del pueblo. La luz mostraba su camisa hecha andrajos, y sus pantalones gastados y sucios. Dejaba ver su sonrisa desdentada y su barba roñosa y mal cortada. Su cuerpo de hambre.
La luz derribó el último escondrijo que le quedaba a Carlos Martín Pérez, echó abajo su noche de trinchera. Nunca más volvió a salir a la calle por miedo a pasear sus miserias. Carlos Martín Pérez murió de vergüenza, mientras el resto nos felicitábamos de las bondades del progreso.
Y el viejo Elías me mandó a la cama buscando esconderse de nuevo en sus recuerdos. Un rato después oí desde la cama como una piedra rompía la farola de la calle. Y me dormí pensando que tal vez Carlos Martín Pérez volvía a salir a la calle con su guitarra.
Carlos Martín terminó sus días encerrado en la casa de donde hacía semanas que no salía. Algún tiempo atrás habían iluminado por primera vez las calles del pueblo. La luz de las farolas alumbraba el pueblo de noche, que parecía renacido. Las actividades del día podían extenderse artificialmente hasta bien entrada la noche, y el pueblo tenía una vida nocturna como nunca antes había conocido. Las muchachas paseaban por las calles iluminadas, los muchachos seguíamos jugando a la pelota frente al puerto, los viejos fumaban sentados en los portales…
La misma luz de las farolas que nos permitía salir de casa sin miedo a la oscuridad iluminaba también los harapos de Carlos Martín Pérez, el hombre más feliz y más pobre del pueblo. La luz mostraba su camisa hecha andrajos, y sus pantalones gastados y sucios. Dejaba ver su sonrisa desdentada y su barba roñosa y mal cortada. Su cuerpo de hambre.
La luz derribó el último escondrijo que le quedaba a Carlos Martín Pérez, echó abajo su noche de trinchera. Nunca más volvió a salir a la calle por miedo a pasear sus miserias. Carlos Martín Pérez murió de vergüenza, mientras el resto nos felicitábamos de las bondades del progreso.
Y el viejo Elías me mandó a la cama buscando esconderse de nuevo en sus recuerdos. Un rato después oí desde la cama como una piedra rompía la farola de la calle. Y me dormí pensando que tal vez Carlos Martín Pérez volvía a salir a la calle con su guitarra.
lunes, 21 de mayo de 2007
Renacimiento
- Eres libre, Sorbas. No tienes madre ni padre. Aún eres un niño. Las hojas de tu destino están aún por escribir. ¿Qué es lo que quieres hacer?
El viejo Elías se escondía tras el humo de su pipa y a través de sus palabras pude sentirme lo más cerca posible de un padre.
- Quiero ver mundo. Salir de este pueblo y confundirme en el anonimato de otros países. Quiero que me miren como un extranjero. Sentir la libertad de ser Sorbas, sin apellidos; sin este pasado que me marca como el hijo de dos muertos. Quiero lavarme el rencor. Ser yo, sin tener que explicar por qué lo soy.
El viejo pierde su vista en mí, observándome con un respeto nuevo que nunca había visto en sus ojos.
- Hoy es el primer día de tu nueva vida. Un nuevo ideal, una nueva vida. Todos podemos renacer cada día. Te ayudaré a prepararte. Viajar es algo más que moverse por el mundo.
Y mi corazón comenzó a latir apresuradamente.
El viejo Elías se escondía tras el humo de su pipa y a través de sus palabras pude sentirme lo más cerca posible de un padre.
- Quiero ver mundo. Salir de este pueblo y confundirme en el anonimato de otros países. Quiero que me miren como un extranjero. Sentir la libertad de ser Sorbas, sin apellidos; sin este pasado que me marca como el hijo de dos muertos. Quiero lavarme el rencor. Ser yo, sin tener que explicar por qué lo soy.
El viejo pierde su vista en mí, observándome con un respeto nuevo que nunca había visto en sus ojos.
- Hoy es el primer día de tu nueva vida. Un nuevo ideal, una nueva vida. Todos podemos renacer cada día. Te ayudaré a prepararte. Viajar es algo más que moverse por el mundo.
Y mi corazón comenzó a latir apresuradamente.
jueves, 17 de mayo de 2007
Bendije ¡
Maldije a la tormenta que te asustaba,
Maldije a la lluvia que te mojaba,
Maldije al viento que te despeinaba.
Maldije!
Hoy golpeaste a mi puerta y bendije a la tormenta que te trajo,
y bendije a la lluvia cuando te quitaste la ropa mojada,
y bendije al viento... que apagó la lámpara.
Bendije!
Maldije a la lluvia que te mojaba,
Maldije al viento que te despeinaba.
Maldije!
Hoy golpeaste a mi puerta y bendije a la tormenta que te trajo,
y bendije a la lluvia cuando te quitaste la ropa mojada,
y bendije al viento... que apagó la lámpara.
Bendije!
La lluvia
Suena una campana a lo lejos. Llueve y el cielo está pesado y oscuro, apelmazado por miles de nubes que se apretujan y entrechocan. Descalzos, los pies hacen un ruido divertido, como de ventosa, al hundirse entre el fango y los charcos del camino. Llevo la cabeza gacha y los hombros encogidos, como si de esa guisa fuera a protegerme del agua que me chorrea por el pelo. No me apresuro porque sé que hay un momento en el que el cuerpo ya no puede mojarse más. Me lo dijo mi padre una tarde que nos bañábamos en el río. Es por eso que cuando nadamos no nos llenamos de agua.
Levanto la cabeza para que la lluvia golpee mi cara. Apenas se puede ver entre los millones de gotas que sobrevuelan en ese momento a mi alrededor. Una gran cortina húmeda me envuelve, y más allá, rodeado de otra cortina, atisbo con dificultad un cuerpo en cuclillas. Me acerco chapoteando, aunque el ruido se apaga bajo la fuerza de la lluvia que cada vez es más fuerte. Los árboles gotean desaforados, y bajo algunas copas empiezan a formarse pequeñas cascadas. El mundo vegetal sonríe y comienza a mudarse. Se despereza y desentumece. Revive.
Horacio Melponte está igual de calado que yo, con la diferencia de que no él no lleva camisa y está hecho un ovillo sentado sobre un charco húmedo. Baja al pueblo los meses de verano, y el resto del año lo pasaba perdido en la espesura tropical. Algunos dicen que está loco, y otros que simplemente odia a las personas, aunque el viejo Elías siempre me recuerda que la vida tiene mucho parecido a nuestra selva. Hay varios caminos marcados que las personas recorren sin dificultades ni riesgos; luego están los senderos no marcados. Aquellos en los que las ramas se cruzan vírgenes, las raíces no respetan el terreno, los animales no se ocultan… Nadie sabe a ciencia cierta dónde van a parar esos senderos. Los que los recorren son locos, aunque cientos de años después muchos arrastraran sus pies por el terreno casi asfaltado que cientos de locos recorrieron primero.
- ¿Qué haces aquí, Horacio?, grito tratando de acallar la lluvia.
Melponte levanta la cabeza con tranquilidad y sin desdibujar su sonrisa me responde.
- La lluvia siempre se detiene. Sólo espero feliz a que lo haga.
Y le dejo esperando tranquilamente, como un marido impaciente ante el arcén en el que arribará su esposa.
Levanto la cabeza para que la lluvia golpee mi cara. Apenas se puede ver entre los millones de gotas que sobrevuelan en ese momento a mi alrededor. Una gran cortina húmeda me envuelve, y más allá, rodeado de otra cortina, atisbo con dificultad un cuerpo en cuclillas. Me acerco chapoteando, aunque el ruido se apaga bajo la fuerza de la lluvia que cada vez es más fuerte. Los árboles gotean desaforados, y bajo algunas copas empiezan a formarse pequeñas cascadas. El mundo vegetal sonríe y comienza a mudarse. Se despereza y desentumece. Revive.
Horacio Melponte está igual de calado que yo, con la diferencia de que no él no lleva camisa y está hecho un ovillo sentado sobre un charco húmedo. Baja al pueblo los meses de verano, y el resto del año lo pasaba perdido en la espesura tropical. Algunos dicen que está loco, y otros que simplemente odia a las personas, aunque el viejo Elías siempre me recuerda que la vida tiene mucho parecido a nuestra selva. Hay varios caminos marcados que las personas recorren sin dificultades ni riesgos; luego están los senderos no marcados. Aquellos en los que las ramas se cruzan vírgenes, las raíces no respetan el terreno, los animales no se ocultan… Nadie sabe a ciencia cierta dónde van a parar esos senderos. Los que los recorren son locos, aunque cientos de años después muchos arrastraran sus pies por el terreno casi asfaltado que cientos de locos recorrieron primero.
- ¿Qué haces aquí, Horacio?, grito tratando de acallar la lluvia.
Melponte levanta la cabeza con tranquilidad y sin desdibujar su sonrisa me responde.
- La lluvia siempre se detiene. Sólo espero feliz a que lo haga.
Y le dejo esperando tranquilamente, como un marido impaciente ante el arcén en el que arribará su esposa.
martes, 8 de mayo de 2007
La primera excusa y la última lágrima
Le llamábamos Pingajo, y él me ayudó a dar a luz la primera sonrisa de mi nueva vida. Su nombre era Diego Marcos Bandaja, y lo de su apodo venía de su insistente costumbre de ir desnudo por las calles del pueblo enseñado sin ningún rubor los atributos que el señor le dejó en arriendo. Apenas levantaba seis palmos del suelo, con las piernas y los brazos delgados como juncos, la piel morena y con una gran sonrisa colgada siempre de la cara. Miraba con dejadez, como si fuera un trámite absurdo que le restara tiempo para pasar a la acción. Las señoras del pueblo decían que sería buen mozo, a lo que el Pingajo respondía con su tic habitual de tocarse los huevos y pegar un estirón a su pingajo, que bien gracias a esta costumbre o la genética paterna, estaba tomando unas dimensiones considerables para sus trece años de edad.
En el pueblo siempre habían tomado por una chiquillada el que Diego Marcos anduviera constantemente en cueros, aunque tras cumplir los diez años los padres consideraron que era momento de enmendar esa costumbre tan antisocial. Ni los coscorrones de su padre, ni las buenas palabras de su madre, ni los golpes de su tío Madeiro hicieron ninguna mella en la voluntad del Pingajo, que salía de casa amoratado, con su inseparable sonrisa y mesándose con celo sus genitales, a los que susurraba con cariño: “Tranquilos muchachos, que el señor me dijo que os luciera, y yo soy un hombre de palabra”, y con la misma mano que había confortado sus entretelas me pegaba una palmada en el hombro para que fuéramos a jugar al muelle.
Solíamos emplear el tiempo en hacer carreras de pata coja. Nos poníamos en un extremo del muelle y teníamos que recorrer una distancia más corta o más larga, dependiendo de las ganas que tuviéramos de medir nuestra velocidad o nuestra resistencia. Pingajo perdía siempre sin excepción todas las carreras en las dos modalidades, ante lo que jamás ponía una excusa. Aquella tarde, dos días después de que mi niñez se evaporara, el Pigajo y yo decidimos medir nuestras fuerzas en una distancia de dos cuadras. El calor caía a plomo siguiendo nuestra carrera a orillas del muelle. Aún antes de que el Pingajo cruzara la improvisada meta, yo ya sabía que mi hegemonía tenía en esa tarde su fin, y prácticamente me arrastré los últimos metros esperando la burla de Diego, que por fin tendría una recompensa a años de carreras perdidas.
Jadeante pisé la meta y miré directamente a Pingajo, que se mesaba sin disimulo los cojones.
- Enhorabuena Diego, tus años te ha costado- le dije guiñándole cómplice un ojo.
- He cagado hace diez minutos y me encontraba ligero- se justificó sonriendo mientras se estiraba felizmente el pingajo.
Aquella excusa dibujo una sonrisa en mi cara y me hizo entender que ya no cabían más piedras en mi mano. Llegaba el tiempo de dejar de llorar.
En el pueblo siempre habían tomado por una chiquillada el que Diego Marcos anduviera constantemente en cueros, aunque tras cumplir los diez años los padres consideraron que era momento de enmendar esa costumbre tan antisocial. Ni los coscorrones de su padre, ni las buenas palabras de su madre, ni los golpes de su tío Madeiro hicieron ninguna mella en la voluntad del Pingajo, que salía de casa amoratado, con su inseparable sonrisa y mesándose con celo sus genitales, a los que susurraba con cariño: “Tranquilos muchachos, que el señor me dijo que os luciera, y yo soy un hombre de palabra”, y con la misma mano que había confortado sus entretelas me pegaba una palmada en el hombro para que fuéramos a jugar al muelle.
Solíamos emplear el tiempo en hacer carreras de pata coja. Nos poníamos en un extremo del muelle y teníamos que recorrer una distancia más corta o más larga, dependiendo de las ganas que tuviéramos de medir nuestra velocidad o nuestra resistencia. Pingajo perdía siempre sin excepción todas las carreras en las dos modalidades, ante lo que jamás ponía una excusa. Aquella tarde, dos días después de que mi niñez se evaporara, el Pigajo y yo decidimos medir nuestras fuerzas en una distancia de dos cuadras. El calor caía a plomo siguiendo nuestra carrera a orillas del muelle. Aún antes de que el Pingajo cruzara la improvisada meta, yo ya sabía que mi hegemonía tenía en esa tarde su fin, y prácticamente me arrastré los últimos metros esperando la burla de Diego, que por fin tendría una recompensa a años de carreras perdidas.
Jadeante pisé la meta y miré directamente a Pingajo, que se mesaba sin disimulo los cojones.
- Enhorabuena Diego, tus años te ha costado- le dije guiñándole cómplice un ojo.
- He cagado hace diez minutos y me encontraba ligero- se justificó sonriendo mientras se estiraba felizmente el pingajo.
Aquella excusa dibujo una sonrisa en mi cara y me hizo entender que ya no cabían más piedras en mi mano. Llegaba el tiempo de dejar de llorar.
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