martes, 8 de mayo de 2007

La primera excusa y la última lágrima

Le llamábamos Pingajo, y él me ayudó a dar a luz la primera sonrisa de mi nueva vida. Su nombre era Diego Marcos Bandaja, y lo de su apodo venía de su insistente costumbre de ir desnudo por las calles del pueblo enseñado sin ningún rubor los atributos que el señor le dejó en arriendo. Apenas levantaba seis palmos del suelo, con las piernas y los brazos delgados como juncos, la piel morena y con una gran sonrisa colgada siempre de la cara. Miraba con dejadez, como si fuera un trámite absurdo que le restara tiempo para pasar a la acción. Las señoras del pueblo decían que sería buen mozo, a lo que el Pingajo respondía con su tic habitual de tocarse los huevos y pegar un estirón a su pingajo, que bien gracias a esta costumbre o la genética paterna, estaba tomando unas dimensiones considerables para sus trece años de edad.

En el pueblo siempre habían tomado por una chiquillada el que Diego Marcos anduviera constantemente en cueros, aunque tras cumplir los diez años los padres consideraron que era momento de enmendar esa costumbre tan antisocial. Ni los coscorrones de su padre, ni las buenas palabras de su madre, ni los golpes de su tío Madeiro hicieron ninguna mella en la voluntad del Pingajo, que salía de casa amoratado, con su inseparable sonrisa y mesándose con celo sus genitales, a los que susurraba con cariño: “Tranquilos muchachos, que el señor me dijo que os luciera, y yo soy un hombre de palabra”, y con la misma mano que había confortado sus entretelas me pegaba una palmada en el hombro para que fuéramos a jugar al muelle.

Solíamos emplear el tiempo en hacer carreras de pata coja. Nos poníamos en un extremo del muelle y teníamos que recorrer una distancia más corta o más larga, dependiendo de las ganas que tuviéramos de medir nuestra velocidad o nuestra resistencia. Pingajo perdía siempre sin excepción todas las carreras en las dos modalidades, ante lo que jamás ponía una excusa. Aquella tarde, dos días después de que mi niñez se evaporara, el Pigajo y yo decidimos medir nuestras fuerzas en una distancia de dos cuadras. El calor caía a plomo siguiendo nuestra carrera a orillas del muelle. Aún antes de que el Pingajo cruzara la improvisada meta, yo ya sabía que mi hegemonía tenía en esa tarde su fin, y prácticamente me arrastré los últimos metros esperando la burla de Diego, que por fin tendría una recompensa a años de carreras perdidas.

Jadeante pisé la meta y miré directamente a Pingajo, que se mesaba sin disimulo los cojones.

- Enhorabuena Diego, tus años te ha costado- le dije guiñándole cómplice un ojo.

- He cagado hace diez minutos y me encontraba ligero- se justificó sonriendo mientras se estiraba felizmente el pingajo.

Aquella excusa dibujo una sonrisa en mi cara y me hizo entender que ya no cabían más piedras en mi mano. Llegaba el tiempo de dejar de llorar.