Carlos Martín Pérez murió un cuatro de febrero. Lo recuerdo como si fuera ayer. Sencillamente, su alegría cogió la puerta y pegó portazo. Murió triste el hombre más feliz que recuerdo. El que siempre dormía de día y se dedicaba a caminar y tocar su guitarra majestuosa todas las noches del año.
Carlos Martín terminó sus días encerrado en la casa de donde hacía semanas que no salía. Algún tiempo atrás habían iluminado por primera vez las calles del pueblo. La luz de las farolas alumbraba el pueblo de noche, que parecía renacido. Las actividades del día podían extenderse artificialmente hasta bien entrada la noche, y el pueblo tenía una vida nocturna como nunca antes había conocido. Las muchachas paseaban por las calles iluminadas, los muchachos seguíamos jugando a la pelota frente al puerto, los viejos fumaban sentados en los portales…
La misma luz de las farolas que nos permitía salir de casa sin miedo a la oscuridad iluminaba también los harapos de Carlos Martín Pérez, el hombre más feliz y más pobre del pueblo. La luz mostraba su camisa hecha andrajos, y sus pantalones gastados y sucios. Dejaba ver su sonrisa desdentada y su barba roñosa y mal cortada. Su cuerpo de hambre.
La luz derribó el último escondrijo que le quedaba a Carlos Martín Pérez, echó abajo su noche de trinchera. Nunca más volvió a salir a la calle por miedo a pasear sus miserias. Carlos Martín Pérez murió de vergüenza, mientras el resto nos felicitábamos de las bondades del progreso.
Y el viejo Elías me mandó a la cama buscando esconderse de nuevo en sus recuerdos. Un rato después oí desde la cama como una piedra rompía la farola de la calle. Y me dormí pensando que tal vez Carlos Martín Pérez volvía a salir a la calle con su guitarra.