Suena una campana a lo lejos. Llueve y el cielo está pesado y oscuro, apelmazado por miles de nubes que se apretujan y entrechocan. Descalzos, los pies hacen un ruido divertido, como de ventosa, al hundirse entre el fango y los charcos del camino. Llevo la cabeza gacha y los hombros encogidos, como si de esa guisa fuera a protegerme del agua que me chorrea por el pelo. No me apresuro porque sé que hay un momento en el que el cuerpo ya no puede mojarse más. Me lo dijo mi padre una tarde que nos bañábamos en el río. Es por eso que cuando nadamos no nos llenamos de agua.
Levanto la cabeza para que la lluvia golpee mi cara. Apenas se puede ver entre los millones de gotas que sobrevuelan en ese momento a mi alrededor. Una gran cortina húmeda me envuelve, y más allá, rodeado de otra cortina, atisbo con dificultad un cuerpo en cuclillas. Me acerco chapoteando, aunque el ruido se apaga bajo la fuerza de la lluvia que cada vez es más fuerte. Los árboles gotean desaforados, y bajo algunas copas empiezan a formarse pequeñas cascadas. El mundo vegetal sonríe y comienza a mudarse. Se despereza y desentumece. Revive.
Horacio Melponte está igual de calado que yo, con la diferencia de que no él no lleva camisa y está hecho un ovillo sentado sobre un charco húmedo. Baja al pueblo los meses de verano, y el resto del año lo pasaba perdido en la espesura tropical. Algunos dicen que está loco, y otros que simplemente odia a las personas, aunque el viejo Elías siempre me recuerda que la vida tiene mucho parecido a nuestra selva. Hay varios caminos marcados que las personas recorren sin dificultades ni riesgos; luego están los senderos no marcados. Aquellos en los que las ramas se cruzan vírgenes, las raíces no respetan el terreno, los animales no se ocultan… Nadie sabe a ciencia cierta dónde van a parar esos senderos. Los que los recorren son locos, aunque cientos de años después muchos arrastraran sus pies por el terreno casi asfaltado que cientos de locos recorrieron primero.
- ¿Qué haces aquí, Horacio?, grito tratando de acallar la lluvia.
Melponte levanta la cabeza con tranquilidad y sin desdibujar su sonrisa me responde.
- La lluvia siempre se detiene. Sólo espero feliz a que lo haga.
Y le dejo esperando tranquilamente, como un marido impaciente ante el arcén en el que arribará su esposa.