sábado, 5 de mayo de 2007

Las balas también traen lecciones

Mi padre se desabrochó la camisa manchada de sangre. Tenía los pelos del pecho pegajosos, y varias heridas profundas que le cruzaban el vientre como garabatos de un niño en su cuaderno del colegio. Mama lloraba compulsivamente, y apenas podía llenar de agua caliente la palangana azul en la que los domingos me obligaba a meter la cabeza para lavarme el pelo.

Yo miraba la escena con los ojos bien abiertos, temeroso de parpadear y de que en esa fracción de tiempo mi padre desapareciera de mi vida como las gotas de sangre que se escurrían desde su camisa y se filtraban entre las tablas del suelo.

La puerta retumbó como un gran tambor. Al otro lado se oía la voz ronca y beoda del gordo Ferrer. Mi madre lloraba cada vez más intensamente y agarraba con fuerza a mi padre, que tenía la vista perdida y cerrada de furia. Con pasos cortos se arrimó al portón y antes de abrir la pesada hoja clavó una mirada en mí como lección de lo que eran la convicción y el honor.

Segundos más tarde se filtraba por la puerta un torrente de luz y una bala, que tumbó a mi padre y me robó la niñez.

Vacilante y rancio, el gordo Ferrer hizo una reverencia burlona a mi madre desde el quicio de la puerta y se acercó pacientemente donde yo estaba paralizado.

- ¿Sabes lo que suelo decir en casos como éste, pequeño Zorbas?
Que siempre es mejor ser huérfano que un hijo de puta.

Y otra bala silbó una danza de réquiem está vez por mi madre.

Tu padre te enseño la lección más fundamental, me diría días más tarde el viejo Elías para tratar de calmar mi congoja infantil. Lo más terrible se aprende en seguida y lo hermoso nos cuesta la vida.