jueves, 3 de mayo de 2007

Sabina Hurtado

Sabina Hurtado ocultaba sus manos al abrigo de los bolsillos de su vieja chaqueta. Durante más de 15 años había sido la única mujer que había cambiado amor por dinero en el valle, con lo que conocía los secretos de todos los hombres, y por extensión, de todas las mujeres del pueblo.

- ¿Cuando dejaste de vender tu amor, mamita?, le pregunto en un susurro, casi avergonzado de entrometerme de esa manera en los callejones de su vida.

- La fiesta de mi vida terminó cuando el gobierno hizo llegar el primer policía al pueblo. Horacio Gómez Ferrer, se hacia llamar, y como bienvenida me forzó sin pagar y amablemente me insinuó que si en una semana no había encontrado un trabajo decente me marcaría la cara de por vida. Por aquel entonces yo abrazaba a los hombres del pueblo con amor, conocía sus gustos, sus sonrisas y sus penas, sabía cuando necesitaban hablar y cuando vaciar su lujuria junto a mí… Salía a la calle radiante, a pasear mi felicidad por el valle y a jugar con aquellos niños que habían nacido de la felicidad ajena, que era casi la mía porque la conocía de primera mano.

- ¿Y cuando terminó la fiesta de tu vida, mamita?

- Dos días después de aquella visita del gordo Ferrer, Amancio el Duque me abrió la puerta de su finca para que comenzara a trabajar en sus campos. Desde entonces no he vuelto a tocar a un hombre.

Sabina hace un gesto incómodo con la cara y comienza a sacar las manos de la chaqueta. Manos de palmas callosas y endurecidas, manos casi animales, magulladas y heridas, manos inertes como aperos de labranza.

- Ves mis manos, botija, son las manos de una prostituta. Durante la fiesta de mi vida mis manos eran tersas y amables. Fue después, cuando comencé a prostituirme recogiendo trigo, cuando mis manos se volvieron duras como rocas que contienen un embalse de caricias. Óyeme bien, pequeño, trabaja en lo que te guste, porque el que trabaja en lo que no ama es un desocupado.