miércoles, 2 de mayo de 2007

La Dispuesta

El viejo Elías dio dos golpecitos sobre el banco de madera con la palma de mano. Una invitación para que tomara asiento a su lado. A esa escasa distancia podía ya oler su aroma. Olía a vida y a tierra, como los árboles.

¿Te he hablado alguna vez de la Dispuesta?, me dijo el viejo Elías con la mirada perdida en la oscuridad que nos envolvía. Antes de si quiera tratara de contestar, el viejo ya daba un largo chupetón a su pipa, señal de que las puertas de su memoria comenzaban a abrirse.

Se llama Amalia Valcarcel, pero todo el pueblo la llama la Dispuesta. Fue la chica más popular del valle y, en sentido literal, estaba siempre en boca de todos los hombres del pueblo. (El viejo dibuja una media sonrisa que remarca aún más las infinitas arrugas de su rostro.) Como ya te imaginarás la llamábamos la Dispuesta porque siempre estaba dispuesta a entregar su amor sin preguntas. Aún no habían llegado al valle las videocaseteras, las neveras, los bancos o los prejuicios…
Recuerdo una noche tirados entre matorrales. Amalia se abría debajo de mí y yo estaba perdido en el disfrute de su cuerpo experto y caliente. Recién terminado la miré a los ojos y la curiosidad me pudo. ¿Por qué mantienes siempre los ojos abiertos, Amalita?, le pregunté intrigado. Los mantengo cerrados con todos menos contigo. Eres el único que aún durante el sexo mantiene una cálida mirada de ser humano, me dijo la joven Amalia mientras se abotonaba la camisa.

El viejo Elías parece descomponerse y aparta con un gesto de la mano el humo de la pipa. Con el humo se marcha también ese recuerdo, y la conversación retorna en otro punto.

¿Te he contado alguna vez que Amalia fue la primera mujer del valle que murió de cáncer? (me suelta con los parpados caídos como los telones de una función recién terminada). Enfermó poco después de que abrieran el primer banco, y de que la señora Teresa comprara la única heladera del pueblo. El progreso es la venganza que los inteligentes se toman contra los felices (sentencia sin abrir los ojos.)

El viejo Elías cierra la conversación de un portazo, dando una larga calada a su pipa e impregnando el aire de recuerdos y de noche.